La hora de los valientes
Era el salón de juegos recreativos más sucio que había visto en mi vida. En el suelo de terrazo faltaban varias baldosas que habían sido sustituidas por cemento aplicado por un enfermo de parkinson, en las paredes había carteles taurinos amarillentos, la mayoría de las máquinas estaban apagadas y todo ello estaba iluminado por una bombilla que colgaba de un casquillo rancio. Los únicos clientes eran un grupo de unos seis niños de aspecto filipino o malayo, que correteaban risueños alrededor de los futbolines y apretaban los botones de una máquina de lucha . Al fondo de la sala un hombre de sesentaytantos fumaba y bebía una copa de brandy ( creo ). Recuerdo su pelo amarillento y con unas ondas grasientas, capilares recorriendo sus carrillos ,dentadura aleatoria tanto en color como en forma, camisa desabotonada con cerquillo en axilas, pantalón de paño fino sin planchar y zapato modelo “jubi” de rejilla. Rusco y yo sabíamos por experiencia que alguien así solo podría regentar un antro con máquinas de calidad suprema, esas máquinas a las que jugábamos cuando nuestras madres nos ponían el pantalón de tergal, nos peinaban con raya al lado perfumada con colonia de la droguería de Sagrario y nos daban la paga del domingo. Así fue, oculta en un rincón del tugurio serena y lacónica esperaba que manos diestras acariciasen un viejo ejemplar de SEGA con un Golden Axe cargado.

No hacía falta que nos hablásemos, avanzamos hacia ella y echamos dos monedas. Yo escogí al enano, y Rusco a la guerrera , una perfecta combinación entre fuerza y magia. Uno de los pequeños malayos que se había posicionado junto a Rusco, para preguntarnos al rato “¿te la paso, te la paso?, dijo:
- Jijiji, has cogido a la chica.
Rusco le miró como solo él sabe hacer y el niño miró hacia el suelo amohinado. Comenzamos con aire despistado pero pronto volvimos años atrás y los aviesos trolls y magos oscuros comenzaron a recibir su merecido. Las pantallas eran superadas de forma grácil y los niños comenzaron a agolparse alrededor de nosotros con aire curioso dejando al descubierto sus blancas dentaduras. Entre espadazo y hachazo solo podía distinguir frases sueltas:

- Estos señores saben jugar muy bien.
- Cuidado Rusco, ese esqueleto tiene muy malas intenciones.
- Vive Dios que recibirá su merecido este malandrín.
- Estos señores nunca pierden.
- Claro que no, pequeño amigo oriental.
Al cabo de media hora llegamos al final del juego, tenía la camiseta pegada al cuerpo por el sudor. Cuando sonó la musiquita de la victoria y la pantalla se inundó de colores pixelados, los niños comenzaron a aplaudir. En ese momento la mirada del viejo y la mía se cruzaron, sus ojos vidriosos delataban un llanto contenido, asentía con la cabeza mordiendo con fuerza el palillo de la boca. Salimos del local y el calor seguía apretando así que decidimos tomar unas cervezas para hacer tiempo hasta que viniesen otros amigos con los que habíamos quedado por la noche.
Envalentonado por nuestra proeza bebí muchos botellines, y luego muchos cubalibres. Esa noche tuvieron que llevarme a casa. Aún vivía con mis padres y recuerdo que mi madre no valoró mi gesta, gritó mucho.



Es graciosa la amiga Natri, ¿verdad?. Hasta aquí todo bien. El caso es que tengo otro blog donde escaneo los dibujitos que hago en el folio que tengo delante con anotaciones, y luego los coloreo con el Photoshop. Casi nunca comento en este blog, porque me es como muy íntimo y de baja calidad, pero en mi último dibujo ( de hace nueve años, y que publiqué en un fanzine de Leganés ) me ha escrito un comentario una chica que se hace llamar Candela.


Foto 2. Estos orientales se han vestido y adoptan pose de malotes pero se nota que están disfrazados, cosa que es igual de mala o incluso peor. Sin comerlo ni beberlo te puedes ve envuelto con tus colegas en una pelea por algo tan nimio como haber mirado la tanga de una chica que baila en un margen de la pista.
Foto 3. Ya hemos visto que la facha de los chinos les ha jugado una mala pasada. Ahora que has aprendido que la pose es importante, ponte tu chaqueta del chándal, pero ojo, nada de ponerte una de esas vintage de Adidas, te pueden confundir con un moderno y sobarte el cuadro sin miramientos. La ropa debe ser deportiva y cantosona al mismo tiempo. Importante llevar anillacos de oro y una buena cadena con un Cristo o una hoja de María que nunca desentona. El calzado puede ser unas deportivas glitter con lengüeta por fuera o los siempre de moda “follamoscas”. Un poquito de gomina por los lados, unas gafas de sol de gansta y a triunfar guey.
Ahora que vamos bien vestidos, hay que entrar con decisión, pillar las fichas y apalancarnos alrededor de la pista mirando interesadamente y moviéndonos al ritmo de la música, pero levemente ¡eh!. Una vez montas en el coche puedes conducir de dos modos:










